viernes, 28 de diciembre de 2012

De castrati y dormitorios

"Viva el cuchillo, viva el bendito cuchillo", ésta era una frase que se escuchaba mucho en la Italia del siglo XVII, tanto en los escenarios como en las recámaras de las damas de alta alcurnia.
La historia empieza algo antes, en el siglo XVI la Iglesia Católica prohibía que las mujeres cantaran en la ópera, y se empezó a recurrir a hombres castrados para que sustituyeran las voces femeninas. Siendo niños, si tenían una voz prometedora, se les sometía a la operación (realizada por barberos) para retener la voz pre-pruber.
 

“ Mi querido niño [...] os diré con términos más insinuantes que debéis haceros pulir mediante una ligera operación, que os asegurará por mucho tiempo la delicadeza de vuestro cutis y la belleza de vuestra voz para toda la vida...”

Charles de Saint-Evremond, 1685.

 

Al margen del éxito o fracaso que pudieran tener encima de los escenarios, ya que muchos terminaban mutilados y sumidos en la pobreza, y quitando el hecho de que si no tenían dinero no podían ser enterrados en tierra santa por no ser "completos", la edad a la que estos chicos pasaban por el cuchillo era muy importante en el éxito o fracaso de su futuro, pues si los castraban demasiado temprano no llegaban a desarrollar sus organos sexuales, pero si se cogían en pleno desarrollo la mayoría de ellos tenía un futuro prometedor, al menos fuera de las tablas.

 

La fama, ganada a pulso al parecer, de que los castrati mantenían durante toda su vida el vigor y la potencia, ya que la falta de sensación hacía que duraran más y que su atención se centraba por completo en el placer femenino,  conllevó a que muchas damas de alta cuna tuvieran como amantes a estos "eternos jóvenes" que, además de durar más que los hombres completos, no tenían que preocuparse por la contracepción.

 

El más famoso de los castrati, llamado Farinelli, tuvo bastantes amantes y su fama dentro y fuera de los escenarios se extendió hasta más allá de las camas de Italia.